La influencia del exceso de opinión y la falta de fuentes sobre la opinión pública

Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) realizada este mes de marzo, los profesionales peor valorados por la opinión pública son los jueces y los periodistas.

Teniendo en cuenta la actual situación del país, es comprensible que la gente pierda la fe en la justicia: mientras unos lo pierden todo y se quitan la vida, se rescata con dinero público a los mismos bancos que los han extorsionado hasta el final. Mueren mujeres a manos de sus maridos por culpa de sentencias tardías y se libran de la cárcel gobernantes que han robado al pueblo que dicen representar mientras juegan al “y tú más” sin árbitro alguno y con la justicia como afición. ¿Puede alguien imaginar mayor tomadura de pelo?

Ante tal situación se genera una responsabilidad implícita y explícita con los medios. Dijo Edmund Burke a finales del siglo XVIII que el periodismo es el Cuarto Poder, y debe ejercer como tal. Debe investigar, contrastar y mostrar verazmente lo que ocurre.

Pero, ¿qué pasa cuando no es así? Como todo aquel que incumple sus obligaciones, acaba perdiendo la confianza de aquellos a los que defrauda. Y a ese punto hemos llegado.

Desde hace un tiempo, se hacen llamar periodistas una serie de señores que viven de sentarse en los platós a debatir sobre líos de faldas de toreros, modelos y futbolistas. Lanzan rumores y habladurías sin contrastar que venden como información fidedigna y exigen credibilidad acogiéndose al título que han contribuido a desprestigiar. Eso sí, en la mayoría de las ocasiones sin mostrar pruebas que sostengan sus palabras y sin revelar la fuente.

Las fuentes merecen respeto. Hay que cuidarlas y saber mantenerlas. Pero también hay que cuestionarlas y ver qué intereses ocultos pueden tener cuando deciden acercarse a hablar con la prensa. Es decir, hay que saber elegirlas. Porque si se da crédito a todo lo que dice cualquiera, se acaba siendo un mero altavoz de charlatanes con demasiado tiempo libre.

En ocasiones, incluso se paga por gozar de esas informaciones en “exclusiva” que pueden no ser más que opiniones sin fundamento de personajes más mediáticos que relevantes. Y mientras, se pasan por alto testimonios de personas anónimas que tienen una historia que contar.

El periodista José Francisco Galiano Iniesta, solía decir que las mejores entrevistas y los personajes más relevantes no se encuentran en las ruedas de prensa y que tenía más posibilidades de toparse de bruces con una gran historia en un bar, mientras se tomaba una cerveza. Que hay que mantener los ojos abiertos y que nunca se debe olvidar que un periodista es periodista las 24 horas del día, no sólo mientras dura su jornada laboral.

Y es que en la mayoría de ruedas de prensa, los políticos de turno sueltan una perorata ensayada que la prensa se dedica a oír o escuchar (dependiendo la ocasión) y sobre la que muchas veces ni pregunta. Se limitan a retransmitir.

Puede que por desinterés del propio periodista, o por el miedo de algunos editores a morder la mano que les da de comer, no se hace lo que se debe. Se les deja mentir y embaucar al pueblo y con ello, se traiciona a los lectores y se consiente que el poder castre a los medios.

Por eso no es de extrañar que la opinión general sobre los profesionales de la comunicación sea nefasta, pues esta profesión vive de la credibilidad y una vez perdida, es muy difícil de recuperar.

¿Pero qué hay de los otros? ¿Qué hay de esa gente que sigue luchando contra viento y marea por que los dejen hacer bien su trabajo? Esos, como siempre, pasan desapercibidos. Y no debería ser así, porque son ellos, los auténticos periodistas, los verdaderos profesionales, los únicos que pueden sacar a flote a ese gremio tan desprestigiado. Son los únicos que pueden recuperar la confianza de los lectores predicando con el ejemplo y demostrando que amarillea antes el papel sobre el que se imprimen, que sus contenidos. Demostrando una vez más que sin periodismo no hay democracia.

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