El pilar fundamental del periodismo y los medios de comunicación es la credibilidad. Los comunicadores viven de que sus textos sean leídos y asumidos como ciertos por los lectores. Si la gente no diera crédito a lo que lee, dejaría de consumir información y el periodismo como tal dejaría de existir.

Ahora bien, la verosimilitud no tiene por qué ir ligada necesariamente a la veracidad. Que una historia sea fácilmente imaginable por todos contribuye a que se le dé crédito, pero no la hace cierta. Y es que, en ocasiones, se confunden ambos términos.

La película  El precio de la verdad (Shattered Glass) cuenta el caso real de Stephen Glass, un joven periodista de la prestigiosa revista norteamericana The New Republic que abusó de la confianza de sus compañeros y superiores para engañar a los lectores con fantasiosas historias inventadas.

Fue Adam Penenberg, de Forbes.com, quien descubrió la verdad sobre Glass al investigar uno de sus artículos: “Hack heaven”. Esta publicación vio la luz en mayo de 1998 y describía con todo lujo de detalles la historia de  una convención de hackers y de Restil, un hacker menor de edad que supuestamente se reunió con los directivos de la empresa Jukt Micronics para ser contratado.

A Penenberg le llamó la atención la historia y decidió buscar en la red dicha empresa, pero no encontró nada. Este hecho le resultó bastante sospechoso y se puso en contacto con The New Republic para pedir los números de contacto de las fuentes y comprobar los datos.

En su intento por cubrirse las espaldas, Glass creó una página web para la empresa y les facilitó los números y las notas que había escrito para burlar el complejo sistema de verificación de fuentes de la revista. Fue hilando una mentira con otra.

Aun así, fue descubierto y Penenberg publicó su artículo sacando a la luz el fraude de The New Republic. Veintiuno de los cuarenta y seis artículos de Stephen Glass eran total o parcialmente inventados.

Este hecho marcó un antes y un después en la prensa tradicional, pues, como dice una empleada al final de la película, todo se hubiera podido evitar con una simple fotografía. La absurda creencia de que incluir elementos gráficos convierte a la presa de calidad en prensa sensacionalista facilitó el trabajo a Glass.

La calidad de los textos es independiente del formato, del soporte y de la tipografía. Si una historia es digna de ser contada y se hace de forma correcta y con rigor, nunca será sensacionalista.

Pero el caso de Stephen Glass no es un hecho aislado. A lo largo de la historia otros periodistas han jugado con la confianza de la gente y del medio para el que trabajaban .

En el año 1980 Janet Cooke escribió para el Washington Post “El mundo de Jimmy”, un niño de ocho años adicto a la heroína que soñaba con ser traficante de drogas. Gracias a este reportaje, ganó el premio Pulitzer y un ascenso, pero debido a unas irregularidades en su currículum empezaron a investigarla y se destapó el fraude: Jimmy no existía.

Cooke fue obligada a devolver el Pulitzer y a presentar su dimisión en el Washington Post, pero eso no repara el daño.

Estos escándalos relacionados con los periodistas salpican y manchan la imagen del medio (en ambos ejemplos de gran prestigio). Una imagen muy difícil de restaurar.

En todas las empresas, del tipo que sea, hay trabajadores más y menos cualificados, puede haber incluso gente incompetente y aprovechada que no cumpla correctamente con la labor por la que percibe un salario. Pero en el caso del periodismo es diferente, pues una vez engañados, los lectores ponen en entredicho la fiabilidad del medio y puede incluso que de la prensa en general. No se puede anunciar un producto y vender otro: quien quiere estar informado compra periódicos; quien quiere entretenerse compra novelas. Y como dijo Gabriel García Márquez sobre Janet Cooke:

Es injusto que le hayan dado el Pulitzer, pero también lo es que no le den el nobel de literatura“.

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